Bucharest

Wednesday, April 4th, 2012

Anraí y edificios altos, cercanos. Estábamos en la habitación que alguna vez me perteneció. Recuerdo perfectamente las paredes rosadas, el imponente ropero y su aroma amaderado, entre tantas cosas… Me asomé por la ventana y desde el segundo piso observé un cúmulo azul de casas-cajas, departamentos esterilizados y límpidos: todas aquellas construcciones emanaban, en general, un resplandor celeste.

Me ha sido imposible recordar cuáles fueron sus palabras: a pesar de sentir cómo mi espíritu se inflamaba de dicha y alegría, el sueño se me presenta como una especie de híbrido entre lo imposible, lo inconmesurable, lo innombrable y lo irresistible. Las escenas, vagas y difusas como la niebla de las memorias, surgen en una secuencia a la que no le puedo asignar ninguna clase de orden o linealidad. Lo que me dijo es, al fin y al cabo, algo de lo que me es posible prescindir: el vestigio de sus palabras yace en la felicidad que surgió de improvisto en mí. ¡Qué más da, si ello la dota de del halo de lo ignoto y la condena a su deificación!

Luego de que hablara, me quedé dormida.

Cuando desperté, imaginé que todo había sido un sueño. Mi madre apareció y me dijo que Anraí se había ido hace ya un buen rato. Seguí sin creerlo; sin embargo, me mostró un mensaje suyo. Es su número, pensé. Esto no puede estar pasando, pero ¡está pasando!… ¿Lo está?

Dos veces antes lo he visto ya a través de esta vía: en la primera hubo también edificios, pero todo indicaba que estaba en Dubai (al menos, esa palabra se me vino a la mente luego de despertar); en la segunda, la luna estaba tan cerca de la tierra que el pavor se apoderó de mí y corrí a través de un malecón desconocido… Si mal no recuerdo, todo tuvo lugar durante la madrugada de año nuevo. En ambas ocasiones, algo en mí me decía Esto no está pasando, pero los hechos sugerían lo contrario. Al despertar, la voz de mi interior obtenía supremacía y se dedicaba a aniquilar los despojos de aquella niebla vaga en la que solo lo imposible parecía encarnarse en una realidad indescifrable y peligrosa, pero bastante cercana a lo que, en mi opinión, sería la felicidad.

Macabra macabra la pata de cabra

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