Infinito

Tuesday, April 17th, 2012

En estos momentos, no puedo recordar con exactitud qué es lo que siento cuando estoy cerca de él. Hace algún tiempo, mi respuesta habría sido bastante más detallada que la que estoy a punto de brindarles en las siguientes líneas. No sé si se debe a que aquellas impresiones, marcadas como hierros candentes en alguna dimensión abstracta con la que me comunico instintivamente, fueron cicatrizando conforme al paso del tiempo, o si simplemente resultaron víctimas de la niebla que impregnó a sus sucedáneos e impidió que me remitieran al verdadero ídolo: él.

No conozco un Amor con mayúsculas, un Amor que no impone condiciones y resplandece por sí mismo. No conozco la abnegación, el sacrificio, la confianza total de quien se entrega ciegamente y pone su vida en manos del ser amado. No conozco la compenetración de almas ni la razón por la cual los individuos abandonan sus propios temores y mecanismos de defensa. No conozco un Amor en el se acepta, se perdona, se olvida y se ama.

Conozco un amor en minúsculas, un amor egoísta y divinizado, inalcanzable, utópico. Conozco la fascinación incontrolable que ejerce el ser amado, la avalancha de sentimientos que impiden tomar una distancia prudente, la ambivalencia entre lo que se adora y lo que se aborrece, la necesidad de fusión, la expectativa de perderse el uno en el otro, el desgarro con el que se abandona todo lo demás, lo implícito de quien acepta la muerte de su propio ser y se debate entre su propia agonía o derrota.

Yo amo a una idea, a la idea de él. Lo conozco mucho, razón suficiente para saber que es tan definible como la marea que oscila, suave en un momento y furiosa en otro. Él no camina, se desliza; no habla, susurra; no ríe, abre su alma; no está, y si estuvo, se fue; está, y si no estuvo, desaparecerá cuando menos lo imagines. Me gustan sus ojos, cálidos y distantes, que reflejan la luz como olas castañas; me gusta su voz, imperturbable y armoniosa, que resuena como el crepitar del fuego; me gustan sus facciones saturninas, místicas, inexpresivas en un momento y llenas de emociones en otro; me gusta su piel nacarada e iridiscente; me gusta su cabello, sus bucles adormitadas que refulgen con el brillo del sol.

Macabra macabra la pata de cabra

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