Flamma

Sunday, June 17th, 2012

Hace unas semanas se incendió mi habitación. Cuando llegué, el gato chillaba majestuosamente entre el humo y las llamas que provenían del colchón. Al parecer, todo fue producto de un cortocircuito que no apareció en ningún maldito lugar de mis tránsitos diarios… Aunque bueno, lo más probable es que yo no sepa interpretar nada. Las sábanas, frazadas, almohadas, el cubrecama y mi bolso favorito perecieron en el siniestro.

El orden de los sucesos fue más o menos así: escuché las maldiciones del gato, abrí la puerta, vi el humo y los vecinos llamaron a los bomberos apenas escucharon ese grito parturiento que, de alguna u otra forma, provino de mi garganta: ¡INCENDIO, MI GATO!. Rafael trajo su extinguidor, ¡y el maldito no funcionaba!… Llamaron a la señora Haydeé, y por suerte el suyo sí se encontraba en buen estado. Mi mamá, mi tía y mi tío bajaron y me ayudaron a sacar las cosas que se encontraban alrededor de la cama. Las llamas se elevaban casi hasta el techo, pero no llegaron a incendiar ni las cortinas ni la madera del alféizar. Cuando llegaron los bomberos, el fuego ya se había logrado extinguir. El capitán, un patriarca cincuentón con bigote y voz de cantante de jazz, me dijo que no iniciara más incendios… Y se rió, solito, celebrando su ¿acertada? broma. Lo maldije, le dije que era un miserable porque casi se me muere el gato. Los demás bomberos se rieron (de mi desgracia), y yo me quedé mirándolos con odio. Uno de ellos se me acercó, me habló y no recuerdo qué demonios me dijo, porque lo único que pasaba por mi cabeza era que ninguno de ellos iba a cobrar un céntimo y que mi gato estaba sano y salvo por obra y gracia del espíritu santo y de Jesucristo, nuestro señor, nacido de Santa María Virgen, que padeció bajo el poder de Poncio Pilatos y fue crucificado, muerto y sepultado, que descendió a los infiernos y que el ni toda el agua bendita del mundo me quitaría el susto que me llevé ese día.

Cuando todos se fueron, el cuarto estaba hecho una desgracia. El polvillo del extinguidor se había extendido por todos lados, el olor a faso carbonizado inundaba la estancia, me dolía la cabeza y demás. Después de un rato, caí en cuenta de que el bombero que me habló era un poco simpático y que, pensándolo bien, el capitán tenía pinta de sodomita.

Macabra macabra la pata de cabra

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