Tarde

Sunday, June 24th, 2012

Hace algunos meses, D. M me dijo que yo me deprimía constantemente porque me la pasaba dándole muchas vueltas a las cosas. Al parecer, el excesivo cuestionamiento (o inofensiva curiosidad, llámenlo como prefieran) ha ido tomando forma de inseguridad y pesimismo.

“¿Tú crees que un futbolista va a ponerse a pensar antes de patear una pelota, o simplemente lo va a hacer? El riesgo hace posibles tanto la victoria como la derrota.”

Luego siguió con el discurso de la vida, las oportunidades sin aprovechar, las vueltas sin sentido y otros tópicos que en este momento se me escapan de la cabeza. Me recomendó que leyera a Epícteto. Hace años, no sé si lo recuerda, me encargó un ensayo y yo cumplí con entregarlo a tiempo. Le gustó, lo alabó, me calificó de inteligente y todas esas patrañas con las que mi familia nuclear se ha encargado de alimentarme el ego (imaginen, cual Daniel Sereno sartreano y sus metáforas, un globo al que lo dejan volar con halagos y se eleva, se eleva… Hasta que alguien tira de la pita y lo hace descender al ras del suelo) y sofocarme la autocrítica. Mamá pasaba del orgullo hinchado (le mostraba mi libreta de notas a los tíos, a sus amigos, a sus amigas, al perro, a la madrina y a cuanto miserable pasara por allí) a una especie de híbrido entre la decepción y la burla (me decía que no servía para nada, que era un fracaso, una enferma y demás moluscos biliosos de los que yo me encargué, bastante tarde, de corresponder).

D.M me cae bien. Parece ser buena persona, es inteligente y ¡gracias al cielo! está a salvo de ser un geminiano. Sus consejos son bastante acertados, pero me temo que, en lo que respecta a oportunidades y riesgos, está lejos de haber sufrido una pérdida más o menos significativa. El rollo de que “si no arriesgas, no ganas” no es más que el escudo falaz de la imprudencia, una apología al sinsentido, la aventura instintiva de los “nuevos emprendedores” que pueblan este país, este mundo, este universo y esta galaxia de conquistadores que escriben libros de auto-ayuda o conquistados que los leen y maldicen su mala suerte desde el rincón oscuro de algún departamento sin ventanas.

Tampoco estoy de acuerdo en no hacer nada, dejar todo a un lado y pensar que del cielo lloverá maná tarde o temprano. Sé también que estoy trivializando (e hiperbolizando de forma bastante insensible) el punto de D.M, pero no puedo evitar pensar lo siguiente: Conociéndome, siendo consciente de que no estoy en condiciones de seguir una hoja de ruta a largo plazo y sabiendo que no podría cumplir con lo mínimo que se espera de mí, ¿no sería temerario y estúpido “seguir adelante”, “arriesgarme” y demás eufemismos del “si no le eres útil a la sociedad, no vales nada”? Probablemente, él me respondería que me estoy anticipando, que no lo he intentado y demás objeciones que ponen todos aquellos que reciben un salario fijo y tienen una familia (¿o estilo de vida?) que mantener.

No. Yo no quiero ocupar mi cabeza con preguntas del día a día, no quiero llenarme el cráneo con preocupaciones sobre los fondos de jubilación, las AFPs y el eterno dilema entre el trabajo público o el independiente. Lo que quisiera es vivir una vida a la deriva, una vida llena de gloria y penas pasadas, una vida en la que doy lo mejor de mí y el mundo me da lo mejor que tiene. Yo no quiero casarme y ver envejecer a mi esposo, no quiero verlo en la cama con su secretaria o esperar a que llegue a la casa para pedirle dinero y recordarle que las facturas de los servicios básicos están a punto de vencer. No quiero humillarme ni quedarme callada ante ningún hombre, no quiero lavar su ropa o tener que soportar que deje el baño sucio o no se cambie los calcetines. No quiero engendrar un hijo que me tenga cuasi-paralítica por cinco meses o más, no quiero tener que gritar como becerro en un hospital y pretender que mi vida será maravillosa (o que, al menos, lo intentaré). No quiero discutir por dinero, no quiero discutir por trabajo, no quiero vivir con nadie. No quiero tener que acostumbrarme a pensar en colectivo, a compartir mi espacio y mi silencio con un par de siameses con quienes formé vínculos de costumbres más que de amor.

No se equivoquen: no he renunciado al afecto. Lo único que detesto son las obligaciones per se, la fuerza de la tradición que asfixia, las mafias de papá-mamá-hijo que resultan bien, mal o más o menos. Quiero que mi cariño sea libre y tácito. Quiero enamorarme hasta la muerte, que me rompan el corazón y me dejen las noches en vela. Quiero que al amor de mi vida lo arrolle un camión, lo asesinen en Turquía o que se pegue un tiro en la nuca. Quiero enamorarme de lo imposible, inmortalizarlo, devorarlo y perderme en el proceso de autodestrucción. Quiero adoptar a un niño a quien vaya a brindarle afecto no por el simple hecho de haber salido de mis entrañas, sino de ser quien es. Quiero leerle cuentos todas las noches antes de dormir, quiero decorar su habitación con estrellas luminosas, quiero recitarle poemas de Ruben Darío y ponerle canciones de música clásica. Quiero criarlo sola, como me criaron a mí. Quiero ser una madre distinta de lo que mi madre fue conmigo. Quiero vivir rodeada de libros y música. Quiero tener un lugar en el que pueda recluirme indefinidamente cuando yo misma agobie al mundo. Quiero morir en la desidia, contemplar el cielo nublado, sostener charlas interminables, oír, aconsejar, dormir e imaginar. Y pensar.

Es probable que D.M tenga razón después de todo. Lo que quiero es una vida fácil y sin méritos, la fantasía de cualquier vago mantenido. Tal vez la melancolía que me invade no es más que el eterno auto-sabotaje fangoso en el que se revuelcan los pesimistas, escépticos, perdedores y miserables. Tal vez todo lo que quiero no sirve para nada, y yo tampoco lo hago.

One comment on “Tarde

  1. Mi siento identificado con el 90% de lo que pones. Hace tiempo que no te leía.

Macabra macabra la pata de cabra

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