El honor, la venganza y las mujeres

Saturday, August 18th, 2012

Llegué a la mitad de “Rojo y Negro”, el cual empecé a leer apenas hube terminado con “El Hombre Ilustrado” y “Fahrenheit 451”. Aún no acabo con el primero, pero siento que los libros de Stendhal son la muerte de los de Bradbury, y viceversa. ¿Me equivoco o voy muy aprisa al considerar al joven veinteañero, culto y hermoso pero pobre, ambicioso, inocente en un inicio y perverso después, como el arquetipo del (¿anti?) héroe francés del siglo XIX? Flaubert, Balzac, Dumas, relatan las peripecias de un protagonista que empieza a florecer y abrirse al mundo, un joven cuya ignorancia en intrigas, cortejos y astucias lo convierten en blanco de constantes desengaños y sufrimientos. No obstante, de aquella candidez, comparable a un velo diáfano que le cubre los ojos y que va cayendo conforme avanza la trama, no queda nada luego de que yace con una mujer.

Esta mujer, a mi parecer, poco tiene de la cándida e insulsa virgen medieval o de la inaccesible musa de los poetas del renacimiento. Si los juglares se deleitaban alabando la palidez de una u otra princesa o doncella que correspondía con casto fervor al amor de un valeroso caballero a quien probablemente solo había visto un par de veces en toda su vida, ¿cómo se explica que, súbitamente, ambos prefieran la muerte antes que separarse o comprometerse con alguien más? Los humanistas y renacentistas que alegaban haber superado la rigidez estructural de los arquetipos (la virgen, el santo, el guerrero contra la prostituta, el pecador y el campesino carente de gloria) probablemente solo se encargaron de resaltar más su humanidad, centrándose ya no en la virtud celestial sino en la colorida belleza de lo sensible. Así, las rubias y lánguidas doncellas que desempeñaban poco más que un papel pasivo, a merced de la valentía de sus caballeros, se vieron sustituidas por las contorneadas y sonrojadas damas de alcurnia, mujeres de mundo cuyos diálogos ocupaban un par de líneas más que las anteriores, pero que al final terminaban sirviendo fielmente los intereses del marido (en caso de que fueran virtuosas) o sucumbiendo a los placeres (las más libertinas).

Sospecho que las damas del renacimiento que gozaron de mayor libertad fueron aquellas que contaban con una fortuna significativa e independencia económica. De las mujeres del llamado vulgo (al igual que en las historias medievales) poco se dice, a menos que fueran excepcionalmente hermosas o infames. Las francesas del XIX son, a mi parecer, la excepción de las renacentistas convertida en regla: mujeres agraciadas, no necesariamente nobles pero sí adineradas, aparentemente autónomas y autosuficientes, pero en cuyo regazo habita una maraña de emociones que, al ser despertadas, se encargan de enloquecerlas y convertirlas en criaturas histéricas dominadas por la pasión. En pocas palabras: maniquíes encorsetados en cuyo interior late el corazón de una niña.

Rastignac, Sorel, Dupuis y en alguna medida Duval son como diamantes en bruto que van siendo pulidos por las gráciles y conocedoras manos de sus mujeres, conmovidas por la inocencia y el candor de los jóvenes cuya ilusión aún no les ha arrebatado el mundo. Ellas (más experimentadas, conocedoras de los artilugios propios del medio burgués o aristocrático, casadas con hombres que buscan esconder una naturaleza mezquina e insensible bajo capas de opulencia) quedan maravilladas ante la torpeza infantil y franca de los muchachos, sin caer en cuenta de que están confundiendo inexperiencia con sinceridad e inmadurez con el recuerdo perdido de su propia juventud. ¿Se enamoran acaso de una visión idealizada del amor adolescente que les fue arrancado antes de florecer, subordinándose a la confortable monotonía de un matrimonio convenido?

Mientras que Rastignac y Sorel son caracterizados como una suerte de andróginos (cutis sonrosado e infantil, facciones delicadas e incluso la peculiaridad de haber sido tomados por chiquillas en alguna ocasión), Duval y Dupuis (una vez que regresa de su viaje) presentan una imagen más varonil. Lo que sin duda tienen en común estos personajes es el deseo de ascender en la escala social, razón por la que se convencen del deber que representa proteger su reputación. El temor que les origina su procedencia y el desdén de los ricos los vuelve hipersensibles, resentidos y extremadamente orgullosos: se sienten víctimas de maltratos, desplantes y desprecio camuflado bajo finas palabras. Toman al honor por estandarte y lo ondean para que nadie toque las fibras sensibles de su vergüenza e impotencia, campo en donde su sienten que son poco o menos que hombres, indignos de anhelar la vida y placeres de los ricos.

Macabra macabra la pata de cabra

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