El soliloquio de Cassandra

Wednesday, August 22nd, 2012
“No estoy loca. Ahora cualquier infeliz cree que llamarse a sí mismo “loco” implica emparen-tarse de algún modo con la prima lejana de la locura, la genialidad. Enmascaran sus experiencias más vulgares con aires de voluntariosa liberalidad, confunden las bravuconadas con valentía e hiperbolizan tanto sus sentimien-tos que terminan convirtiendo sus vidas en una parodia moldeada a semejanza del imaginario colectivo. En una sociedad que ensalza la adaptación y sumisión, limitándose a aceptar las divergencias solo si estas son sintetizadas hasta casi anularse a sí mismas, ¿cuál es el rol que desempeña quien se opone a la ambigüedad y a las generalidades corteses, eufemismos y argumentos racionales imbatibles que apelan a una objetividad casi inhumana? ¿Qué mérito tiene creerse un loco amigable que vaga en toda la magnitud de su mediocridad y que durante un segundo se convence de guardar, dormido en su interior, el espíritu del idealista que busca la trascendencia oculta en los sucesos más insignificantes? La locura es dolorosa y poco poética. La locura nos parece, a nosotros los cuerdos, exótica y bohemia porque no la vivimos en carne propia sino a través de las manifestaciones caleidoscópicas de un puñado de exiliados del mundo. La locura que ensalzan los críticos y soñadores es apenas un vapor en donde el más mezquino de los hombres observa su propio reflejo y se convence de que también puede hacer de su vida una obra de arte. La locura no es un crepúsculo en el que el hombre respira su soledad y se hace uno con la naturaleza, no es una ráfaga premonitoria que se le presenta al iluminado después de las crisis, ni mucho menos la contemplación de la luz prometida a las víctimas del martirio. El rostro de la locura no es tenebroso e imponente, sino repugnante y enfermizo; sus manifestaciones, más que terribles y destructivas, son patéticas y degenerativas; quien se atreve a contemplarla a los ojos abandona el horror a la máscara por el asco a las pústulas, y hasta el más piadoso termina lleno de remordimientos e indiferencia.
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Sepan todos que no estoy loca, pues me sobra cordura suficiente para echarles en cara la conveniente postura que adoptan aquellos que tanto empeño tienen en utilizar en sí mismos un adjetivo al que despojan de todo tipo de connotación retorcida o peligrosa, ¡para luego pasar a utilizarlo con desprecio sobre los demás! Están dispuestos a confesar un poco de su “locura” (entendida como una serie de comportamientos erráticos, engreídos y groseros al que atribuyen un origen inexplicable, mediante el cual se excusan) pero condenan abiertamente el clamor efusivo y apasionado de los que verdaderamente creen, tachándolo de discurso extremista e irracional. La locura, considerada antaño un castigo de los dioses, se presenta ahora como la burla de los hombres”

Macabra macabra la pata de cabra

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