Afinidad y carácter (I)

Thursday, September 20th, 2012
¿Cómo es que uno puede modificar sus propias consideraciones con respecto a alguien con tanta facilidad? Establecer vínculos con personas eminentemente racionales puede llegar a ser tedioso, sobre todo cuando valoran sus experiencias/emociones en términos cuantitativos y utilizan la razón para sentir, situación en la que sus emociones prácticamente pasan a convertirse en un remedo de definiciones, significados, atribuciones e imágenes intelectualizadas e infértiles. Por el contrario, las personas eminentemente pasionales dan a menudo la impresión de estar gobernadas por un hado maléfico que las arrastra hacia la imprudencia y la desmesura, en tanto responden con prontitud al llamado de sus propias emociones y se muestran incapaces de tomar en consideración la presencia (e incluso interferencia) de agentes externos. De esta forma, los problemas fundamentales que corresponden a ambas polaridades tendrían su expresión en la artificiosidad y la maquinación, en el primer caso, mientras que en el segundo estarían representadas por una sensibilidad a flor de piel que, si no se sublima, podría producir tal grado de irritación que inclinaría a la persona que la padece a centrarse exclusivamente en su propia afección.
  
Soy de aquellas que creen que pertenecer a tal o cual categoría (pues hay tantas y tan disímiles entre sí, que no valdría la pena enumerarlas) es un hecho meramente subjetivo, y que los constantes juicios de valor sobre tales aspectos no tienen razón de ser. En mi opinión, lo más prudente sería pasar a tomar por adecuado aquello que la persona o el autor X considera como bueno, e inadecuado lo que no. Como ejemplo, tomemos en consideración a la figura del héroe romántico del siglo XIX en contraposición a la del héroe contemporáneo (que vendría a ser una suerte de anti-héroe según los cánones del romanticismo);
   
En primer lugar, el héroe romántico encuentra su arquetipo en Werther, de Goethe. Autores similares (Hoffmann, Heine, Schiller) alabaron la pasión que inflamaba a sus personajes y los instaba a sacrificarse por amor a una mujer, a una causa o un ideal. Lo que me parece curioso es que dicha pasión (como la denominan los mismos autores) no es precisamente la misma que en la actualidad identificamos con lujuria o desenfreno; se trata, más que todo, de un híbrido entre las sosas galanterías del amor cortés y la tragedia extática que experimenta ya no el caballero de antaño en el campo de batalla, sino el artista o intelectual que se contempla a sí mismo a través de la soledad de la naturaleza.
  
En algunas ocasiones, mientras leía los diálogos de estos personajes, me sentía invadida por cierto escepticismo que hasta hace algunos años no había sido más que admiración y embeleso. Muy a mi pesar, empecé a desarrollar ciertas sospechas con relación a la legitimidad, el alcance y las motivaciones ocultas de sus sentimientos. Cuando le comenté mi preocupación a un amigo, éste me respondió que no tenía caso intentar ponerse en el lugar de un ser concebido dentro de una cabeza ajena. Me pareció que había algo de cierto en ello: ¿qué demonios pretendía yo al juzgar un cúmulo de palabras que recreaban el fragmento congelado de algún espacio-tiempo condenado a repetirse indefinidamente con cada leída que se le diera? Las palabras allí escritas permanecerán en el mismo lugar en el que estuvieron ayer y en el que habrán de estar mañana; soy yo, sin embargo, quien las interpretará de acuerdo a experiencias afines. El lector que se deja llevar por la historia se ve súbitamente envuelto en una travesía en la que sus propias vivencias se contrastan con las de los personajes. La ventaja de los relatos radica en que quien los lee puede seguir el desarrollo y apreciar las consecuencias de determinadas acciones y actitudes que, dependiendo del caso, permiten entrever los mecanismos que subyacen en lo profundo de la obra; así, quien se adentra en ella y la vive, aunque sea durante algunos instantes, tiene la capacidad de desprenderse de sus propias convicciones y condicionamientos.
 

Macabra macabra la pata de cabra

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