Malasuerte

Thursday, January 3rd, 2013

Malasuerte tiene un nombre bonito y buenas intenciones. Siempre está en los momentos y lugares equivocados, saca lo peor de la gente, cuando quiere ayudar termina fregándola y cuando quiere fregarle la vida a alguien… termina haciéndole favores a su enemigo.  Malasuerte es como un signo menos: si lo antepones a algo negativo, da positivo. Al pobre le tomó una infancia sin amigos, una adolescencia sin novia y una temprana madurez sin trabajo darse cuenta de que no se trataba de algún tipo de ira divina, expiación involuntaria o maldición genealógica: a pesar de todas las tribulaciones que había padecido, en algunas ocasiones la suerte se le manifestaba, espontánea y fervorosa como una cachetada.

Malasuerte era relativamente infeliz y no se daba cuenta. Como todo buen ciudadano del mundo, vivía dentro de los confortables límites de las leyes que sus padres se habían encargado de meterle en la cabeza. Respetaba a los policías, llamaba “Monseñor” a los clérigos, cedía el asiento del autobús a las mujeres embarazadas y a los ancianos, se emborrachaba únicamente en los feriados, lustraba sus zapatos a diario y le temía más a la idea de la cárcel que a Dios. Si no hacía cosas “malas” (burlarse de los inválidos, visitar “mujeres de mala vida”, pedir dinero prestado, robarle al chino de la tienda, entre otras) no era debido a su recia moralidad, sino a su absoluta falta de iniciativa y vitalidad. Es decir: era un molusco blandengue y anodino cuyas emociones oscilaban entre el “no importa” y el “qué dirán”, una especie de mala parodia del mártir que sufre en silencio y espera obtener su recompensa en el Reino de los Cielos. Tenía el vago convencimiento de que debía comportarse “a la altura de las circunstancias” (frase de su madre) y demostrarle a sus verdugos que en el alma del señor Malasuerte no había espacio para las bajezas innobles de seres ignorantes y pendencieros como aquellos. Como es natural, sus atacantes lo tildaban de masoquista y le seguían el juego.

Malasuerte odiaba las confrontaciones, las películas dramáticas, las confesiones, el cheesecake de fresa y todo tipo de mascotas. Admiraba al Papa, a los empresarios y a los políticos; detestaba a los cantantes de rock, a los escritores  y a los autodidactas. Aspiraba encontrar el amor (es decir, conseguir una esposa diligente con quien procrear media docena de hijos), alcanzar el éxito con esfuerzo y dedicación (escalar posiciones desde su oscuro rincón de burócrata mal pagado aún si ello implicaba aguantar los caprichos del jefe-ballenato que lo sometía a humillaciones delante de toda la oficina), sacar a su familia “adelante” (comprar una casa de tres pisos donde fueran a vivir sus tiránicos progenitores y su sumisa futura esposa, mandar a sus hipotéticos hijos a una escuela privada y verlos graduarse de ingenieros, doctores o abogados) y vivir rectamente, conforme a las enseñanzas de sus padres (incursionar en la política y volverse ministro, salir en la televisión, que sus antiguos verdugos palidezcan de la envidia, que alguna jovencita inocente se enamore perdidamente de él, que su señora madre fallezca pacíficamente y que su señor padre viva sus últimos días en una lujosa casa de reposo, orgulloso de su hijo).

Malasuerte vivió con muchas penas y casi ninguna gloria hasta los veintinueve años. Un buen día, soleado y sin ningún contratiempo, decidió llevar a su padre al hipódromo. El venerable anciano aceptó acompañarlo, pero a regañadientes (“qué caballos ni qué ocho cuartos, la única vez que ganaste algo en tu vida fue cuando hiciste trampa en el sorteo de la canasta escolar.. ¡y vas a querer apostar, tú, pedazo de mula!”). Antes de tomar taxi, lo llamó “rosquete” unas seis veces y se la pasó cuestionando su hombría por varios minutos, hasta el momento en que apareció un tico destartalado y chatarresco que emitía canciones de la Nueva Ola a todo volumen. Confiado, el buen hombre se dispuso a hacerle señas al auto, para abordarlo… y su bienintencionado hijo lo apartó con suavidad, diciéndole que “esa basura” era peligrosa y que no expondría la seguridad de su padre. El anciano emitió unos cacareos ininteligibles y naturalmente ofensivos, que se fueron aplacando cuando Malasuerte vislumbró un Yaris límpido que tenía pegada en la ventana delantera una pegatina verde psicodélica de “Taxi”. El conductor era un cuarentón bien parecido y cortés que les cobró más que lo usual, pero al buen Malasuerte no le importó.

A los quince minutos, pasó un trailer de “Leche Ideal, La Cremosita” y arrolló al pulcro y brillante Yaris. El chofer terminó con el cráneo reventado. Su padre salió volando y se estrelló contra la acera. A Malasuerte solo se le dislocó el hombro.

CONTINUARÁ

Macabra macabra la pata de cabra

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