Archive for February, 2013

Hera

Thursday, February 28th, 2013

Jupiter y Juno - James Barry, 1790-99

Hera observaba -altiva e inhumana, bajo los cielos del Olimpo- el renacer de la raza alumbrada por Prometeo. Los había visto consumirse en la desidia de las Edades de la Tierra y las llamas azules del cofre de Pandora, mas aún yacían allí, radiantes y soberbios. El andar lento y desasosegado, las facciones rosáceas y cándidas, el esplendor de un gnosticismo aún oculto bajo la espuma de Chipre, el padecimiento y la suave congoja de la muerte en sus ojos…

El rumor silente de sus pensamientos llegó al omnipotente Zeus, quien reposaba al compás de los cánticos de las nereidas.

– Son paganos.

 El dios percibió en su voz el despertar de la injuria; eran ciertamente hermosos y crueles. Vislumbró en ese entonces el pardo de la mirada de su esposa y supo que había llegado la hora de liberarlos. Se dirigió hacia ella, y cogiendo las rosas de sus manos, le susurró sin que nadie escuchara:

– Envía a Hércules.

¡Reina sanguinaria de atroces ojos verdes! Su risa se oyó hasta los confines del Tártaro, dejando sordos a los condenados del Hades. Era suya la venganza contra la bella y triste Alcmena, y sobre todo contra el fruto producto de un adulterio tácito e imperceptible. El Oráculo había dado ya su vaticinio y el héroe debía partir a liberar a Prometeo. La diosa, sin embargo, le reprochó a Zeus:

– Consiguieron ya el fuego, mas el humo de sus ofrendas va hacia el oriente. Los forasteros traen a sus divinidades envueltas en ropajes de un brillo que jamás vi en la túnica de doncella alguna.

Él sólo sonrió. Recordó el frenesí de las sacerdotisas, su fruición y la brutalidad de sus movimientos al compás de Dionisio, y entonces volvió a repetirle:

– Envía a Hércules.

Hera continuó riendo. El joven Apolo había oído la profecía en Delfos: Hércules ardería entre los trajes de fiesta a causa de la fútil Deyanira y la venganza del centauro. El orgullo de Zeus se resquebrajaría, y ella, radiante e infeliz, llevaría la Tiara que Hefesto forjaría para cubrir su frente, cuna de dorados cabellos, ondeados e ingrávidos.

Es la maldad, lo ruin de una mujer, una reina cuya frialdad detona rayos azules. En ella solo existe belleza y compasión cuando se la toma de la mano sin marchitar las rosas que cuelgan allí. Zeus, el todopoderoso y divino, jamás supo hacerlo. El amor y el odio de la emperatriz de los Cielos lo acompañarían por siempre; desde Alcmena hasta Ío, desde la crueldad hasta la imperiosidad de la muerte.

Febrero

Tuesday, February 26th, 2013

Pintaron mi cuarto, ayer me dieron de alta, febrero fue un mes muy neptuniano. Mi estancia en el hospital me enseñó:

  • que no es bueno andar con la bilis en el cuello, enojada e iracunda;
  • que puedo pasar cinco semanas sin hacer absolutamente nada más que conversar con mis vecinas de habitación;
  • que no actúo como una persona de mi edad;
  • que si no aprendo a tener paciencia sufriré mucho;
  • que puedo darle abrazos a las abuelitas y no sentir la incomodidad que siento con la mayoría de personas.

Como regalo por tan maravillosos descubrimientos, voy a postear una canción particularmente hermosa:

(por cierto, no me llegaron a operar)

The Cement Garden

Monday, February 4th, 2013

El día en que conocí a Unterweger

Monday, February 4th, 2013

Está vestido de blanco. ¿Por qué habría de recordar sus palabras, vanas y provistas de un falso dejo austríaco? Es un ángel vulgar y ambiguo, complejo como solo pueden ser los hombres, cruel como solo llegan a ser aquellas mujeres cuyo primer amor no es correspondido. Oh, yo sé que tienes otro nombre, sé que tienes infinitas máscaras y muchas voces, sé que me encuentro en la más terrible orfandad emocional y ahora sí puedo estar completamente segura de que en estos instantes mis pensamientos se están separando de mi propio ser. Te veo a lo lejos, tan cerca que no te reconozco, un pedazo de bruma de nieve, los ríos sanguinolentos dentro de tu iris, la cuerda infinita que bordea el terreno marfileño alrededor de algún cuello ajeno, el grito indómito que retuerce las gargantas de cristal de la madre y las víctimas. Antropófago, eterno suicida. Tras la mesa rota y el juego de dados con la muerte, lo único que queda es incertidumbre. La música aprisiona mi cráneo, lo vuelve cuadrado, le roba el eco de los retumbes y los coloca en mi pecho. Mi corazón está en mi cabeza, mi cerebro está en mi pecho. No entiendo nada, lo siento todo, entiendo lo que siento y siento lo que entiendo. Estoy tan loca que ya parezco cuerda, y viceversa.

Y viceversa.

Malasuerte II

Saturday, February 2nd, 2013

Poco después del accidente, Malasuerte empezó a ponerse huraño. La muerte de su padre no le quitó el sueño ni le arrancó lágrima alguna: fue como si alguna compañía misteriosa y angelical fraccionara todo su dolor en 48 cuotas mensuales, casi imperceptibles, sin interés alguno. El buen iluso había pasado toda su vida tratando de complacer las exigencias de su progenitor, un anciano cascarrabias y fracasado cuyo único hobby consistía en expandir un terror cancerígeno sobre la humanidad de su hijo, y solo después de salir (a duras penas, con el brazo dislocado colgando como gelatina) del taxi estrellado y vislumbrar en la acera un cadáver ensangrentado al que tardó en reconocer como su padre, cayó en cuenta de que en realidad detestaba al viejo. El súbito resplandor de conciencia que le iluminó la mente e hizo que se le retorcieran las tripas de angustia y desengaño (epifanía, diría Saulo de Tarso) pronto se convirtió en una suerte de caldo bilioso que lo inundó por completo, le arrugó el semblante y deformó las facciones de carnero-mártir que tanto alababa su madre. De molusco blandengue pasó a bestia resentida, el payaso insufrible emergió de su crisálida de complacencia y devino en una suerte de mole furiosa que, de ahora en adelante, arremetería contra cualquier infeliz que osara cruzarse en su camino.

Malasuerte aprendió a odiar su nombre y se llenó de sospechas, desconfianza y malas intenciones. Con el único motivo de fastidiarle la vida a los demás, empezó a acudir a lugares  en los que no era bien recibido. Curiosamente, aquellas personas que antaño soportaban su presencia con gélida cortesía empezaron a tomar por excentricidad su verborrea endiablada, confundiendo su cólera reprimida con una nueva, fortalecida identidad, y empezaron a adularlo. Cuando quería arruinarle el día a alguno de sus camaradas de juventud, el susodicho terminaba haciendo un examen de conciencia y agradecía a Malasuerte por “decir con valentía lo que otros preferían callar”.

Malasuerte es como un signo menos: si se lo antepone a algo negativo, da positivo. Al pobre le tomó un par de décadas de servilismo insufrible (y dos muertes en la cuenta del Señor) darse cuenta de que su suerte funcionaba al revés, y que su bienestar era proporcional al número de canalladas que realizaba por día.

*Esto va dedicado a todos los Malasuertes y mártires idiotas que en algún momento consideraron inmolarse para alcanzar algún hipotético estado de gracia, como yo.