El día en que conocí a Unterweger

Monday, February 4th, 2013

Está vestido de blanco. ¿Por qué habría de recordar sus palabras, vanas y provistas de un falso dejo austríaco? Es un ángel vulgar y ambiguo, complejo como solo pueden ser los hombres, cruel como solo llegan a ser aquellas mujeres cuyo primer amor no es correspondido. Oh, yo sé que tienes otro nombre, sé que tienes infinitas máscaras y muchas voces, sé que me encuentro en la más terrible orfandad emocional y ahora sí puedo estar completamente segura de que en estos instantes mis pensamientos se están separando de mi propio ser. Te veo a lo lejos, tan cerca que no te reconozco, un pedazo de bruma de nieve, los ríos sanguinolentos dentro de tu iris, la cuerda infinita que bordea el terreno marfileño alrededor de algún cuello ajeno, el grito indómito que retuerce las gargantas de cristal de la madre y las víctimas. Antropófago, eterno suicida. Tras la mesa rota y el juego de dados con la muerte, lo único que queda es incertidumbre. La música aprisiona mi cráneo, lo vuelve cuadrado, le roba el eco de los retumbes y los coloca en mi pecho. Mi corazón está en mi cabeza, mi cerebro está en mi pecho. No entiendo nada, lo siento todo, entiendo lo que siento y siento lo que entiendo. Estoy tan loca que ya parezco cuerda, y viceversa.

Y viceversa.

Macabra macabra la pata de cabra

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