Transatlántico

Wednesday, June 12th, 2013

Esta semana hice algo que nunca había hecho antes: me auto-provoqué un cólico y pagué las consecuencias por tanta temeridad. Anduve escuchando “Candles” a cada rato, ansiosa, angustiada, hastiada, con ganas de abandonarlo todo y sumirme en un letargo contemplativo. Me di cuenta de que soy una criatura terriblemente impresionable, pero -por suerte- he aprendido a controlar mis arranques emotivos y a someterlos a una suerte de autopsia de la conciencia (método que solo resulta cuando no me encuentro en un estado demasiado subjetivo). A veces temo estar condenada a seguir el círculo vicioso de reprimir, reprimir, reprimir y estallar… Lo único que me resulta gratificante liberar es la cólera, pero, tal como me han resultado últimamente las cosas, debo concluir que eso de andar poniéndome agresiva con la primera persona con la que me cruzo tampoco es muy aconsejable que digamos.

No, verdaderamente no sé qué quiero. Mi voluntad y mis instintos están ligados… Y no tengo ganas de hacer nada. Debería estar preocupada por mis cursos, pero ¿cómo demonios me convenzo a mí misma, cómo puedo obligarme a hacer algo que no me nace? Me siento frustrada y tengo ganas de castigarme, de someterme a alguna clase de angustia que sea tan aguda que me fuerce a reaccionar, a abrir los ojos.

En fin, no sé por qué le doy tantas vueltas a las cosas.

Macabra macabra la pata de cabra

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