Natura morte

Tuesday, April 8th, 2014

Un buen día, te despiertas y te das cuenta de que está haciendo frío. Lo sientes.
Minutos después, te pones a pensar y se te aflojan las córneas. No puedes controlarlo.
Horas más tarde, sientes. Sientes, sientes, sientes, sientes y sientes. Te sientes miserable, triste, ansioso, ¡pero sientes! Estás tan fascinando por ese torrente de emociones aparentemente olvidadas, que llegas a creer no haber sentido nada durante siglos. La situación es extrañamente familiar, pero nueva y abrumadora a la vez: es como tener otros ojos, otra piel, otras entrañas, todas dueñas de sus propios recuerdos.

Es como romper el contacto con los espejos y desdoblarse, mirarse a uno mismo a través de una presencia externa pero no ajena.  El hielo se quiebra: el caudal de las emociones sube a la superficie, inunda y descongela los restos de escarcha que aún persisten en su ensimismamiento. No hay nada que preservar: la naturaleza posee su propio ritmo, desconoce sus motivaciones y enloquece a quien las pretende develar.

Una suerte de desesperación (la plena conciencia de las pérdidas) se manifiesta en forma de pesar y melancolía. No obstante, su contacto es cálido: ¡de ella emana vida!

Nunca, al experimentar tanta tristeza, me había percatado de la plenitud que implica el mero hecho de sentir.

Macabra macabra la pata de cabra

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