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Fragmentos de una carta de Alban a Teobaldo

Monday, April 21st, 2014

»Ottmar es uno de estos hombres que, sin carecer de juicio y de razón, y hasta dotado de una viveza entusiasta, abraza con facilidad todo lo que se le presenta de nuevo en el dominio de la ciencia; pero a eso se limitan sus pretensiones, y únicamente adquiere un conocimiento superficial de las cosas, satisfecho de su fuerza interior. Son hombres dotados de inteligencia pero que no profundizan.

»Como ya te he dicho, Ottmar me es muy adicto, y yo, viendo en él al corifeo de una clase de jóvenes sumamente numerosa, sobre todo hoy día, me complazco en divertirme a su costa. Entra en mi habitación con la misma veneración que si fuese el santuario secreto e inaccesible del templo de Sais, y, como es un discípulo dócil y sumiso, he creído conveniente confiarle algunos juguetes inocentes, que él muestra triunfante a los otros chicos, presumiendo de los favores del maestro. Cuando hube cedido a sus ruegos, acompañándole a las posesiones de su padre, vi en el barón a un hombre caprichoso, acompañado de un viejo pintor humorista y excéntrico, que algunas veces hacía de bufón moralizador y sentimental.

»No recuerdo lo que te dije antes acerca de la impresión que me produjo María, pero en este momento conozco que me sería difícil definirte lo que siento, de tal modo que puedas comprenderme bien… En realidad, ya me conoces y sabes que mis ideas y acciones tienen una tendencia espiritual, que siempre ha sido incomprensible para el vulgo […] Únicamente el descubrimiento instantáneo de una secreta relación espiritual entre mí y María fue lo que me penetró de una sensación verdaderamente extraordinaria. Al mayor placer se junta el irritante aguijón de una rabia secreta nacida de la resistencia que encuentro en María… una fuerza extraña y enemiga retenía su espíritu cautivo y contrariaba mi influencia. Con toda la fuerza de concentración de mi espíritu logré conocer a mi enemigo y entonces me dediqué en una lucha obstinada a reunir en mí, como en un brillante espejo, todos los rayos que brotaban del alma de María.

»El viejo pintor me observaba más que los demás, y parecía adivinar el efecto producido en mí por la joven. Quizá fueron mis miradas las que me traicionaron, pues el cuerpo manda sobre el espíritu de tal modo que el menor de sus movimientos, oscilando entre sus nervios, obra hacia el exterior y modifica las facciones del rostro, al menos la mirada de nuestros ojos. Me divirtió mucho que considerase la cosa de un modo tan trivial; hablaba siempre en mi presencia del conde Hipólito, el prometido de María, y desplegaba delante de mí el variado programa de todas sus virtudes, todo lo cual me incitaba a risa, en mi interior, al ver los afectos dignos de compasión que los hombres abrazan con una pasión tan tonta y pueril; al mismo tiempo me regocijaba conocer esas uniones tan profundas que produce la Naturaleza y poseer poder tan grande para vivificarlas y fecundarlas… Absorber el espíritu de María en mí mismo, toda su existencia, asimilar todo su ser en el mío, de modo que el rompimiento de este íntimo enlace debiese causar su propia aniquilación, tal era la idea de que procurándome una felicidad suprema, al mismo tiempo satisfacía los deseos de la Naturaleza.

[…] Desde entonces, a pesar de que, como bien sabes, me volví a alejar de las posesiones del barón, permanezco espiritualmente junto a María, y en cuanto a los medios de que me sirvo para acercarme a ella materialmente en secreto, a fin de obrar más eficazmente sobre su voluntad, prefiero no decírtelos, pues son detalles que te parecerían mezquinos, no obstante servir para alcanzar el objetivo propuesto.

»Muy pronto, María cayó en un estado fantástico que Ottmar debió considerar naturalmente como una enfermedad nerviosa, y, así como yo lo había previsto, volví a la casa en calidad de médico.

»María reconoció en mí al mismo que frecuentemente se le había aparecido en sueños, como su soberano en todo el brillo del poder, y lo que hasta entonces había presentido oscuramente, lo vio con los ojos del espíritu con toda claridad. Sólo necesité mi mirada y mi firme voluntad para ponerla en el estado de sonambulismo, que no era otra cosa que sacarla de sí misma y transportar su vida a la esfera superior del dueño. Mi espíritu la acogió y le imprimió el movimiento necesario para huir de la prisión material que la retenía cautiva. Sólo en esta absoluta dependencia de mí pudo María continuar viviendo y permanecer feliz y tranquila… La imagen de Hipólito ya no existe para ella, sino en débiles perfiles, que pronto se desvanecerán ellos mismos como el humo.

»El barón y el viejo pintor me miran con miradas de enemistad, pero es formidable la fuerza de que me ha dotado la Naturaleza. Un extraño sentimiento les obliga a reconocerme como maestro, aun odiándome. Ya sabes de qué rara manera conquisté el tesoro de los conocimientos secretos. Jamás has querido leer este libro, y sin embargo habrías quedado sorprendido de ver en él aclaradas, mucho mejor que en cualquier tratado de física, las raras propiedades de algunas fuerzas de la Naturaleza, y los magníficos resultados de su empleo. Yo no desdeño preparar con cuidado ciertas cosas que podrían llamarse engaño, para que el vulgo se admire y se asuste de lo que mira, con razón, como sobrenatural, ya que el conocimiento de las verdaderas causas destruye solamente la sorpresa mas no el fenómeno…

E.T.A Hoffmann, “El Magnetizador” (Fragmento)

Jane Eyre

Wednesday, January 9th, 2013

Si hay algún tipo de películas que detesto, de hecho, son las comedias románticas. Basta que salga la lagartija despechada de Jennifer Aniston (piel naranja, cabello rubio-paja-california, bisílabos moluscoides,”sweetie”, “darling”, “sweetheart” y su perenne expresión de enajenada mental), la larva misógina de Steve Carrell o el panzón insufrible de Vince Vaughn, para que piense seriamente en cambiar de canal o tirar el dvd pirata al tacho. Notable excepción: Adam Sandler. Sus películas antiguas (The Waterboy, Happy Gilmore, Mr. Deeds) me encantan y si las repiten en alguna emisora whitetrashera, me emociono y las veo hasta el final.

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Aparte de las comedias románticas, confieso que también le guardo cierta antipatía a los dramas familiares sin muertos, las comedias adolescentes, las de acción sin una trama compleja y las históricas con moraleja edificante. Pero sobre todo, sobre toda mi jorobada espalda que lleva a guantando durante dos décadas la atlásica carga de prejuicios contra los finales felices, lo que más me enervan son las películas cursis, esperanzadoras y empalagosas: las películas de amor. Si una pareja se va a jurar amor eterno, ¡que alguno de los dos muera!….De otra forma, no tiene sentido.

Como todo buen principio anclado en la intransigencia de una cabeza bastante plutoniana, se me hace inconcebible un amor a lo Romeo y Julieta (yo diría que eran un par de adolescentes con las hormonas revueltas: Romeo cambiaba de amada como quien cambia de sombrero emplumado del Renacimiento y Julieta era una crédula maleable enamorada del amor, ambos sin una pizca de autoconciencia). Por eso, cuando vi la última versión (2011) de Jane Eyre, me emocioné hasta jalarme los cabellos.

El nuevo Rochester es mucho más cortés y simpático que el del libro, lo que no significa que sea menos agresivo. Es mordaz, obsesivo, iracundo, atormentado y tiene un humor del demonio. Jane, por otro lado, es serena, autocontrolada, distante, silenciosa, inteligente, pulcra y sobre todo, sensata. A primera vista, parece hecha de hielo (incluso, indolente); no obstante, más allá de esa capa de frialdad se esconde una mujer profundamente sensible que, debido a la orfandad, ha aprendido a vivir de manera frugal e independiente. Lo que más me gustó del personaje es la desconfianza que subyace bajo una aparente timidez, y la fuerza que oculta en su aspecto desvalido: en un primer momento, no se fía de las intenciones de Rochester y no le sigue el juego. Tomando en cuenta la época y la situación en que se encuentra Jane, su actitud me pareció increíble: ¿a cuántas huérfanas criadas en un ambiente femenino, entrenadas para convertirse en institutrices o amas de llaves, puede uno imaginar con tanto carácter y madurez? No puedo evitar pensar en ella como una suerte de excepción a la regla, una muchacha que, siendo aún niña, ha aprendido una premisa básica que la mayoría de jóvenes tienden a ignorar: no confiar en extraños.

¿Cómo es que una mujer educada entre y por sus pares puede, por así decirlo, “mantener los pies en la tierra” y ver la realidad dentro de las ilusiones que suelen germinar con facilidad en la mayoría de féminas? La espera del hombre ideal, el matrimonio, el amor eterno, el sacrificio, el ideal de esposa y demás mitos de sumisión solo pueden ser rebatidos por un contacto directo (e incluso doloroso) con el lado menos amable de la vida. Jane sufre la muerte de sus padres y el desprecio de su familia, quienes buscan apoderarse del patrimonio de la niña; posteriormente, es enviada a una institución fría y lejana. Evidentemente, los cuentos de hada quedan relegados a un oscuro rincón dentro de sus anhelos y sueños: su natural sensibilidad le impide deshacerse de ellos, pero sus vivencias le han mostrado que dejarse llevar por ellos puede ser peligroso. Así, ¿qué habría hecho cualquier otra ante la propuesta de Rochester? Me imagino a una muchacha cegada por la idea del amor, dispuesta a otorgar una “prueba de amor” al primer hombre que le ofreciera los versos más hermosos del mundo y una caminata bajo la luz de la luna. Debido a las limitaciones que sufrían las mujeres entonces, ese “sacrificio” le hubiera costado caro, sobre todo porque la mayoría de caballeros que mantenían amoríos con doncellas de menor categoría no cumplían las promesas de matrimonio, limitándose a dejarles un niño en el vientre y a darles unas cuantas monedas como compensación. Probablemente, Jane tenía esto en claro: traicionada por su propia familia, la vida le había enseñado a desconfiar y a andar por cautela. Rochester era un alma atormentada en busca de redención y quedó fascinado ante la sutileza y sosiego de la institutriz, una calma que se fue formando como si se tratase de una herida cicatrizada por el tiempo. En ella, a diferencia de Rochester, el sufrimiento y el dolor no transformaron su ser más íntimo en veneno y rencor, sino que le otorgaron sabiduría; él, por otra parte, sucumbió y llegó a ser perverso.

jane-eyre6-1024x692Cierto! También actúa Jamie Bell (sí, el de Billy Elliot)… Me encantó (y también me dio risa) la parte en que Jane siente el llamado de Rochester, y al buen clérigo (de nombre St. John, increíble pero cierto) casi se le salen los ojos de despecho:


Why have you not yet crushed this lawless passion?

IT OFFENDS ME AND IT OFFENDS GOD!

Y siguiendo con el tema en general, luego de ver algunas películas suyas (X Men: First Class, A Dangerous Method, Prometheus, etc.), acabo de descubrir a un actor genial: Michael Fassbender. Demonios, es hermoso como Judas Iscariote y sus actuaciones son sencillamente soberbias… Cada vez que lo veo, pienso “este tipo no debería existir”, y a pesar de ser ariano me parece glorioso (como la muerte, como Jesucristo, como Hades). Mi actor favorito sigue siendo Gerard Butler, pero gracias a un blog que acabo de descubrir hace unos días (Astrología Simple), exactamente en una entrada FABULOSA que recomiendo ver de todas formas: La prueba aries.

Ojo: no me gusta Aries. Lo considero un signo poco complejo, muy marciano y sin la profundidad característica de escorpio… PERO FASSBENDER ES COMO RAMBO, así todo rojo-muerte. Voy a ver “Shame”, y qué demonios con su desnudo, trataré de evitar pensar que lo hizo por razones comerciales o morbo. Sin embargo, que viva Gerard Butler.

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Friday, October 19th, 2012

Esos que se la pasan pensando acerca del sentido de la vida son un puñado de idiotas perezosos y megalómanos. ¿De qué sirve comprender tener el manual de una televisión si no tienes el aparato al alcance de la mano? Toda esa porquería del propósito, la trascendencia, el “sentido” que se le adjudica a la vida humana no tiene más fundamento que el que habría ideado algún hipotético animal parlante con deseos de legitimar su dominio sobre el medio en el que habita. Nos encanta buscarle significados profundos, motivaciones secretas, enunciados cifrados, criptografías y demás patrañas a cosas (sucesos, personas, hechos) que carecen del carácter solemne que por diversos motivos (léase: intereses particulares, falta de claridad, ignorancia, incapacidad de afrontar el desconcierto de lo ordinario, la necesidad de revestir la realidad con una bruma fantástica y sublime, entre otros) distorsionamos hasta convertirlas en remedos tremebundas de sí mismas.

¿Qué importa si “existen” dios, el destino, el libre albedrío, el cielo, el infierno o los campos elíseos? ¿De qué nos sirve elucubrar sobre la supuesta viabilidad de la predestinación o la libertad humana, si en ambos casos será nuestra actitud lo que nos llevará a asumir y a actuar conforme a lo que interioricemos? Si todo está escrito y el hombre vive contorsionándose como una marioneta, ¿qué le garantiza que podrá ser consciente de ello? En caso lo fuera (o creyera serlo), ¿no sería imposible una rebelión, puesto que todo ya está determinado (incluso sus mismos forcejeos)?  Si el libre albedrío nos da la capacidad de elegir y seguir nuestras propias directrices, ¿nos garantiza que vayamos a actuar como personas libres y no como meras criaturas llevadas por corrientes siniestras e indomables? Si nos sentimos y vivimos con la clara idea de que somos, en efecto, lo que se entiende por “libres”, ¿de qué sirve preocuparse por cuestiones que no tienen pies ni cabeza?

KK

Thursday, September 27th, 2012

Terminé el libro. Iré a comprar la película más tarde y, de paso, conseguiré esa de Orlando Bloom que le prometí a M. Hoy vino a verme y nos la pasamos hablando del histrionismo, la psicología como juego de poder, la dependencia emocional y algunos temas similares. Me contó que había visto a Égona, Allison y Manuel apenas un par de días antes, y que la habían pasado genial (se fueron a tomar a San Marcos, al parecer). Yo le comenté que el megaterremoto que anunciaron las soviéticas resultó una farsa, ¡jamás ocurrió y perdí la apuesta que le hice a Arturo! Cuando terminamos de reírnos de mi credulidad, pasamos a..

EN ISAT ESTÁN DANDO “COOL HAND LUKE” CON PAUL NEWMAN en estos precisos instantes, 5:47 pm

Como decía, pasamos a hablar sobre las razones por las que las personas se aferran a ciertas creencias, justificaciones e incluso relaciones para no sentirse solos. Lo que me pareció confuso es que eso tan vago e impreciso que denominamos “soledad” engloba términos tales como rechazo, introspección, aburrimiento, inercia, abandono. Muchos de nosotros tendemos a asociar las manifestaciones externas de cambio con dinámicas constantes y vitales, opuestas esencialmente a la quietud o pereza inmóvil propias de la enfermedad y de la muerte. El hecho de que se nos haga necesario conocernos a través de los demás es, en primera instancia, provechoso; no obstante ¿reflejan los espejos algo más que las facciones y gestos de nuestro rostro? ¿No ocultan y simplifican -aunque a veces nos traicionen las emociones y de ello dé cuenta nuestro semblante- en general la complejidad de las motivaciones, aflicciones, deseos, vergüenzas y temores que se funden en lo más profundo de nuestro ser? El otro podrá conocerte en tanto tú se lo permitas: algunos aspectos de tu vida le parecerán perfectamente entendibles, mientras que otros le serán completamente ajenos e incomprensibles. La alternativa extrospectiva del terapeuta que señala quién cree que eres y por qué actúas de determinada manera solo tiene sentido si tú estás dispuesto a aceptar los límites y condicionamientos de un tercero que (con un poco de suerte) será capaz de visualizar la imagen general de toda esa masa pensante que eres tú, pero a quien inevitablemente se le escapan algunos inútiles y esenciales detalles. ¿Inútiles? Sí: al terapeuta poco le importará que ese episodio de DragonBall en el que asesinan a Krillin te haya resultado chocante, o que tus padres cambiaran de canal cada vez que una pareja se besaba. Esenciales también, porque uno solo recuerda lo que deja marca. Si nos remontamos a tu infancia lejana, tal vez caerías en cuenta de el hecho de que te muerdas las uñas tiene bastante que ver con las ganas que tenías de estamparle un puñetazo a ese amiguito que se llevaba tus colores durante la primaria, a quien tus padres consideraban particularmente encantador. Desmenuzar el pasado con la persistencia y pulcritud de un taxidermista no causa más que problemas, puesto que viejos resentimientos vuelven a escocer y es probable que tengamos la tentación de refugiarnos en la autocomplacencia o la culpa compartida. La introspección no sirve para encontrar chivos expiatorios en nuestra historia personal, ni tampoco para percibir en cada hecho fortuito la mano mágica del destino y la incapacidad de nuestros padres para evitar alguna catástrofe posterior.

Cuando hablamos de relaciones personales, M. utiliza dos categorías bien definidas: aquellos que pueden estar solos, en contraposición a quienes son incapaces de ello. Yo le dije que me parecía que el llamado “temor a estar solo” no era exactamente tal cosa, sino una especie de ansiedad propia de quienes necesariamente tienen que estar haciendo algo productivo. Así como algunas personas tocan madera para repeler el efecto de una maldición verbal, como aquellos que se persignan antes de un examen o incluso quienes presentan tics nerviosos, están también los que experimentan un terror inefable hacia el vacío que les produce pasar cinco minutos a solas consigo mismos. ¿Pánico-culpa de inutilidad infundido por padres que se empeñan en elevar a sus hijos al pedestal más alto de los seres humanos “profesionales”, “ejecutivos”, “exitosos”, “empresarios”, “importantes” y demás hipérboles propias del fundamentalismo de los negocios y demás prácticas impersonales? ¿Exigencias, castillos de nubes de una sociedad que esclaviza a sus vástagos y les quita el brillo de los ojos, el rubor de los ideales y la fe de un mundo mejor? Lo dudo. Todos los seres humanos viven para ver el auge y la caída de algún sueño: es el tránsito de quien planea, quien ejecuta y finalmente obtiene… o que simplemente fracasa.

Yo creo que las personas tienen temperamentos distintos. No es posible colocar a un literato en una obra de construcción y asegurar que tendrá éxito si se acostumbra, porque probablemente su misma disposición lo instó a elegir un determinado modo de vida y no otro. Asimismo, sería un sinsentido pedirle una explicación sobre la mecánica cuántica a un artista plástico, o la confección de un vestido de novia a un karateka. No obstante, sí me parece pertinente que todos y cada uno de nosotros penetremos de vez en cuando el fangoso mundo del autoconocimiento, que tantos problemas y alegrías es capaz de suscitar. A aquellos que, como mencionaba M., “no pueden estar solos”, los asocio con el movimiento libre y errático de quien busca su identidad en los demás, a quien la compañía ajena distrae del aburrimiento que produce contemplarse a sí mismo sin espejos o reflejos que exageren, trivialicen, excusen, justifiquen o amplifiquen su propia imagen. Tal vez, para ellos los demás constituyen una suerte de filtros de distintas texturas y colores en los que introducen su individualidad, esperando ansiosos a ver cómo ésta toma una forma diferente una y otra vez, que esencialmente sigue siendo la misma pero exteriormente va cambiando.

P.D: Espero llegar a tiempo al puesto de los DVD’s. Cuando vi la portada de Kevin, me acordé de Salazar (incluso se parecen). Me voy de una buena vez, sino cerrará.

D.

Tuesday, September 11th, 2012

Le pregunté si ha visto el partido, pero no creo que sea de los que se interesan por el fútbol (me imagino que anda enterrado en gruesos volúmenes de Spinoza, Deleuze y Kant). Aunque, ahora que recuerdo ¡una vez mencionó a Messi! Se me hizo extraño porque no tenía nada que ver con la conversación, pero utilizó al jugador como ejemplo de un punto particular sobre el que quería explayarse. Me parece que lo admira (¿quién no?), y también sospecho que su academicismo no le impide de vez en cuando realizar ciertas actividades de hombres, como se les dice por acá. Por lo que entendí, antes de estudiar filosofía llevaba una vida un tanto turbulenta y pensaba ser periodista.

Me pregunto qué opinará del 1-1. A G le da igual, creo; no sé si será porque es cordobés, (D es porteño).

Hablando en serio, yo esperaba que Messi nos goleara

Rhett

Tuesday, September 11th, 2012

Ayer en la noche lo terminé, Y ME ENCANTÓ. Rhett Butler es glorioso, como Marius Pontmercy y Heathcliff el malvado… Me emocioné tanto que me dije a mí misma C., hoy nos compramos la película cueste lo que cueste, así haya partido o terremoto y después de entrar un rato a ver mi correo, me doy con la sorpresa de mi vida: Butler el macho alfa pendenciero y burlón (a quien yo imaginaba como una especie de primo lejano de Gerard Butler o de algún hipotético Marlon Brando heterosexual), ERA SPEEDY GONZÁLES, MARIACHI, PEDRO INFANTE, EL SANTOS, PANCHO VILLA Y TODOS Y CADA UN DE LOS BIGOTONES PATRIARCAS QUE ENTONAN RANCHERAS Y BRINDAN CON UNOS TEQUILAS POR LA GLORIA DE MÉXICO:

Lo que pensé que sería:

Lo que fue:

La próxima vez que escuche a algún autoindulgente afirmar Ah no leí el libro, pero sí vi la película, juro por San Bonifacio Facelibris que le mostraré la foto de Rhett Butler y le gritaré hasta el último de sus días que leer un libro es genial, pero que en las películas cualquier cosa puede suceder.

El soliloquio de Cassandra

Wednesday, August 22nd, 2012
“No estoy loca. Ahora cualquier infeliz cree que llamarse a sí mismo “loco” implica emparen-tarse de algún modo con la prima lejana de la locura, la genialidad. Enmascaran sus experiencias más vulgares con aires de voluntariosa liberalidad, confunden las bravuconadas con valentía e hiperbolizan tanto sus sentimien-tos que terminan convirtiendo sus vidas en una parodia moldeada a semejanza del imaginario colectivo. En una sociedad que ensalza la adaptación y sumisión, limitándose a aceptar las divergencias solo si estas son sintetizadas hasta casi anularse a sí mismas, ¿cuál es el rol que desempeña quien se opone a la ambigüedad y a las generalidades corteses, eufemismos y argumentos racionales imbatibles que apelan a una objetividad casi inhumana? ¿Qué mérito tiene creerse un loco amigable que vaga en toda la magnitud de su mediocridad y que durante un segundo se convence de guardar, dormido en su interior, el espíritu del idealista que busca la trascendencia oculta en los sucesos más insignificantes? La locura es dolorosa y poco poética. La locura nos parece, a nosotros los cuerdos, exótica y bohemia porque no la vivimos en carne propia sino a través de las manifestaciones caleidoscópicas de un puñado de exiliados del mundo. La locura que ensalzan los críticos y soñadores es apenas un vapor en donde el más mezquino de los hombres observa su propio reflejo y se convence de que también puede hacer de su vida una obra de arte. La locura no es un crepúsculo en el que el hombre respira su soledad y se hace uno con la naturaleza, no es una ráfaga premonitoria que se le presenta al iluminado después de las crisis, ni mucho menos la contemplación de la luz prometida a las víctimas del martirio. El rostro de la locura no es tenebroso e imponente, sino repugnante y enfermizo; sus manifestaciones, más que terribles y destructivas, son patéticas y degenerativas; quien se atreve a contemplarla a los ojos abandona el horror a la máscara por el asco a las pústulas, y hasta el más piadoso termina lleno de remordimientos e indiferencia.
.
Sepan todos que no estoy loca, pues me sobra cordura suficiente para echarles en cara la conveniente postura que adoptan aquellos que tanto empeño tienen en utilizar en sí mismos un adjetivo al que despojan de todo tipo de connotación retorcida o peligrosa, ¡para luego pasar a utilizarlo con desprecio sobre los demás! Están dispuestos a confesar un poco de su “locura” (entendida como una serie de comportamientos erráticos, engreídos y groseros al que atribuyen un origen inexplicable, mediante el cual se excusan) pero condenan abiertamente el clamor efusivo y apasionado de los que verdaderamente creen, tachándolo de discurso extremista e irracional. La locura, considerada antaño un castigo de los dioses, se presenta ahora como la burla de los hombres”

El honor, la venganza y las mujeres

Saturday, August 18th, 2012

Llegué a la mitad de “Rojo y Negro”, el cual empecé a leer apenas hube terminado con “El Hombre Ilustrado” y “Fahrenheit 451”. Aún no acabo con el primero, pero siento que los libros de Stendhal son la muerte de los de Bradbury, y viceversa. ¿Me equivoco o voy muy aprisa al considerar al joven veinteañero, culto y hermoso pero pobre, ambicioso, inocente en un inicio y perverso después, como el arquetipo del (¿anti?) héroe francés del siglo XIX? Flaubert, Balzac, Dumas, relatan las peripecias de un protagonista que empieza a florecer y abrirse al mundo, un joven cuya ignorancia en intrigas, cortejos y astucias lo convierten en blanco de constantes desengaños y sufrimientos. No obstante, de aquella candidez, comparable a un velo diáfano que le cubre los ojos y que va cayendo conforme avanza la trama, no queda nada luego de que yace con una mujer.

Esta mujer, a mi parecer, poco tiene de la cándida e insulsa virgen medieval o de la inaccesible musa de los poetas del renacimiento. Si los juglares se deleitaban alabando la palidez de una u otra princesa o doncella que correspondía con casto fervor al amor de un valeroso caballero a quien probablemente solo había visto un par de veces en toda su vida, ¿cómo se explica que, súbitamente, ambos prefieran la muerte antes que separarse o comprometerse con alguien más? Los humanistas y renacentistas que alegaban haber superado la rigidez estructural de los arquetipos (la virgen, el santo, el guerrero contra la prostituta, el pecador y el campesino carente de gloria) probablemente solo se encargaron de resaltar más su humanidad, centrándose ya no en la virtud celestial sino en la colorida belleza de lo sensible. Así, las rubias y lánguidas doncellas que desempeñaban poco más que un papel pasivo, a merced de la valentía de sus caballeros, se vieron sustituidas por las contorneadas y sonrojadas damas de alcurnia, mujeres de mundo cuyos diálogos ocupaban un par de líneas más que las anteriores, pero que al final terminaban sirviendo fielmente los intereses del marido (en caso de que fueran virtuosas) o sucumbiendo a los placeres (las más libertinas).

Sospecho que las damas del renacimiento que gozaron de mayor libertad fueron aquellas que contaban con una fortuna significativa e independencia económica. De las mujeres del llamado vulgo (al igual que en las historias medievales) poco se dice, a menos que fueran excepcionalmente hermosas o infames. Las francesas del XIX son, a mi parecer, la excepción de las renacentistas convertida en regla: mujeres agraciadas, no necesariamente nobles pero sí adineradas, aparentemente autónomas y autosuficientes, pero en cuyo regazo habita una maraña de emociones que, al ser despertadas, se encargan de enloquecerlas y convertirlas en criaturas histéricas dominadas por la pasión. En pocas palabras: maniquíes encorsetados en cuyo interior late el corazón de una niña.

Rastignac, Sorel, Dupuis y en alguna medida Duval son como diamantes en bruto que van siendo pulidos por las gráciles y conocedoras manos de sus mujeres, conmovidas por la inocencia y el candor de los jóvenes cuya ilusión aún no les ha arrebatado el mundo. Ellas (más experimentadas, conocedoras de los artilugios propios del medio burgués o aristocrático, casadas con hombres que buscan esconder una naturaleza mezquina e insensible bajo capas de opulencia) quedan maravilladas ante la torpeza infantil y franca de los muchachos, sin caer en cuenta de que están confundiendo inexperiencia con sinceridad e inmadurez con el recuerdo perdido de su propia juventud. ¿Se enamoran acaso de una visión idealizada del amor adolescente que les fue arrancado antes de florecer, subordinándose a la confortable monotonía de un matrimonio convenido?

Mientras que Rastignac y Sorel son caracterizados como una suerte de andróginos (cutis sonrosado e infantil, facciones delicadas e incluso la peculiaridad de haber sido tomados por chiquillas en alguna ocasión), Duval y Dupuis (una vez que regresa de su viaje) presentan una imagen más varonil. Lo que sin duda tienen en común estos personajes es el deseo de ascender en la escala social, razón por la que se convencen del deber que representa proteger su reputación. El temor que les origina su procedencia y el desdén de los ricos los vuelve hipersensibles, resentidos y extremadamente orgullosos: se sienten víctimas de maltratos, desplantes y desprecio camuflado bajo finas palabras. Toman al honor por estandarte y lo ondean para que nadie toque las fibras sensibles de su vergüenza e impotencia, campo en donde su sienten que son poco o menos que hombres, indignos de anhelar la vida y placeres de los ricos.

Gusanos

Thursday, July 12th, 2012
Hacked

A current obsession

Friday, May 25th, 2012

Cuando tenía once años me obsesioné con Chester Bennington, el vocalista de Linkin Park. Durante un par de años (es decir, hasta los trece, cuando empecé a escuchar música gótica), mi vida se convirtió en una suerte de enajenamiento monotemático en el que solo cabían Chester y los demás miembros de la banda. Leía sus letras y juraba que eran una especie de oráculo, estaba segura de eran las únicas personas en el universo con las que yo había logrado mantener un vínculo silencioso, una conexión inquebrantable que probaba su fortaleza a pesar de la distancia. Cuando estaba feliz, triste, enojada, cuando me sentía miserable y cuando la cara de dios (en ese entonces era bastante creyente) me sonreía con sus dientes simétricos y blanqueados, ponía música de Linkin Park en el reproductor de música de la computadora (Winamp, puesto que el Media Player hacía que mi máquina se colgase). Una de mis canciones-emblema era Easier to run, precursora de todo intento de suicidio emocional. Una parte de la letra decía así:

Something has been taken from deep inside of me 
A secret I’ve kept locked away 
No one can ever see 
Wounds so deep they never show 
They never go away 
Like moving pictures in my head 
For years and years they’ve played 

If I could change I would 
Take back the pain I would 
Retrace every wrong move that I made I would 
If I could 
Stand up and take the blame I would 
If I could take all the shame to the grave I would 
If I could change I would 
Take back the pain I would 
Retrace every wrong move that I made I would 
If I could 
Stand up and take the blame I would 
If I could take all the shame to the grave 

Claro, a esa edad lo que yo necesitaba era un cambio. Quería portarme bien en el colegio, pero cada vez que lo intentaba… Pues digamos que terminaba portándome peor. Mi madre, antes de que la movilidad viniera por mí, me daba un beso en la mejilla y me decía “Pórtate bien”. Había un par de profesores con los que me llevaba muy bien, y otros a los que detestaba abiertamente; no obstante, a ninguno le era indiferente. Algunos elogiaban mi forma de hablar y convencer a los demás (lo que también incluía llamar la atención mediante actitudes excéntricas), mientras que el resto me criticaba por mi falta de respeto (burlas, ironías, etc) y mala conducta. Casi siempre me llamaban la atención por distraer a quienes se sentaban a mi alrededor. Me encantaba conversar de todo, reírme, ponerle apodos a los profesores y alumnos que odiaba (en ese entonces, mi forma de categorizar era bastante más extrema). Mis notas también sufrieron las consecuencias y mi promedio pasó de más o menos alto a uno menos que mediocre, propiciado por los altibajos de las calificaciones.

En ese tiempo tuve pocos amigos, muchos conocidos y un carácter de porquería. Quería que mis amigos fueran únicos, especiales, que fueran ellos mismos y no imitaran al resto… Fui intolerante y prejuiciosa. Detestaba todo lo que estaba de moda, las muestras de afecto, la música que todos oían, el pueril enamoramiento de los pre-adolescentes, las comedias y las películas de ciencia ficción, entre otras cosas. Empecé a escribir y a leer todo aquello relacionado con la muerte, la demencia, la maldad. Me aficioné a Hitler y a Charles Manson, leí al Marqués de Sade… Pero eso fue después. Me estoy desviando, volvamos al punto. Antes de ello, aún escuchaba a Linkin Park y se me paraba el corazón cada vez que oía a Chester cantar el estribillo de Forgotten“In the memory / You’ll find me / Eyes burning up / The darkness holding me tightly / Until the sun rises up”. Lo único que quería era ir a un concierto suyo, tararear esas canciones para púberes frustrados que me hacían sentir que pertenecía a algún lugar lejano, que había más gente como yo.

Un día me cortaron Internet. Estaba furiosa porque usaba constantemente el MSN Messenger y buscaba a diario notas relacionadas con Linkin Park. Empecé a frecuentar una cabina localizada a una cuadra de mi casa. Todo marchaba bien, hasta que una página de fondos chillones y letras en Comic Sans negrita me dieron la peor noticia de mi vida: Chester Bennington estaba casado. ¡¿Casado?! ¿Quién era la maldita, la arpía, la infeliz? Seguí leyendo, busqué en Google y encontré el nombre de la miserable: Samantha algo. Vi también sus fotos: “¡Pero qué horrible esa tipa, parece un travesti! Y su narizota, ¡su narizota!” . En casa tuve tiempo de asimilarlo mejor. Cuando llegué a mi habitación, me tumbé sobre la cama, prendí la radio (Planeta 107.7, en ese entonces no conocía DobleNueve) y me puse a llorar. Esperé que mi madre no se diera cuenta, puesto que me avergonzaba bastante dar muestras de debilidad…y bueno, la verdad, también porque era bastante estúpido llorar por una cosa así.

Poco a poco me fui desengañando y alejando de la mítica figura chesteriana. El “amor” (que era lo más parecido a lo que entonces conocía como tal) por Chester era una fiebre de niña ilusa, una admiración ciega que tarde o temprano sentaría precedente en mi vida. Después de él, apareció alguien de carne y hueso, un chico de cabello oscuro y ondeado. Estudiaba conmigo, pero estaba en otro grado. Me servía de inspiración para mis cuentos y poemas, idealizaba su ¿inexistente? belleza y fue la primera vez que le confié mi secreto a dos amigos, quienes me molestaban (cariñosamente) con eso. Yo llegué a odiar al chico por haberse colado a mi cabeza como un parásito, por haberse alojado allí y haber parido un montón de parásitos pequeñitos más… pero a la vez, no podía dejar de pensar en él. El pobre ni siquiera sabía quién era yo, aunque me parece que algo sospechaba. El simple hecho de cruzarme con él me espantaba, me daba pánico e hizo que me planteara la posibilidad de marcar como zona prohibida los lugares en donde él solía estar. Todo el asunto duró tres años.

Una vez que dejé del lado lo ya mencionado anteriormente, apareció otro más. Tenía un nombre alemán, era altísimo (más de un metro noventa), pálido y su cabello era más negro que un cuervo. Escuchaba goth y electro, reemplazaba la k por la c al momento de escribir, paraba yendo a Noctulus, Vampiros y todas esas discotecas “darks” antiguas que creo que ya no existen. Yo tenía entre trece y catorce, y el tipo ya rondaba por los veinte. Aparte de tener cara de renacuajo rosado y haber sido menos femenina que las otras chicas, era como medio metro más baja que él. Una amiga y yo le pusimos un alias onomatopéyico porque lo conocí cuando sonaba una canción noventera de europop cuyo nombre desconocíamos. Rondaba el año 2006, el mundial era en Alemania y ese invierno limeño fue el más hermoso que recuerdo haber vivido. Todos hablaban de los partidos y yo soñaba con las madrugadas húmedas y frías, nebulosas, de alguna ciudad europea que mi imaginación recreaba con placidez.

De Anraí no hablaré, no al menos hasta que se me pase.

El objetivo de este extenso e insufrible texto recae en un hecho del que desde hace poco soy consciente: ¿por qué tengo la manía de obsesionarme con personajes y cosas? Cuando leí “Mujercitas”, me enamoré perdidamente de Laurie y estuve varios meses imaginando cómo sería vivir la vida de Jo, cómo sería habitar una casa enorme y comer fresas con cremas en el campo durante una excursión, cómo sería sentarme al lado de la chimenea y oír el crepitar de las llamas, cómo sería vivir rodeada de árboles y flores perpetuas. Cada vez que abría el libro, mi corazón se transportaba a una dimensión ideal y maravillosa, llena de la belleza de un tiempo pasado que no viví. Quería vivir la placidez y la sobriedad de la familia March, quería visitar la biblioteca del abuelo de Laurie y caminar por los prados, libre.

Tenía quince años cuando me compraron el “El Cantar de los Nibelungos”. Apenas comencé y ya estaba casi pegada a la historia. ¡Sigfrido! ¿Cómo puede existir un hombre tan valiente, fuerte, hermoso y orgulloso? De repente, ya me encontraba en medio del universo de los personajes. Estaba en Islandia, en la corte de Brunilda, después me encontraba en el mar, al final me perdía en mi propia cabeza. ¡Sigfrido! ¿Habrá existido un ser igual a él? Laurie era cosa del pasado; este universo era bélico, glorioso, terrible, completamente distinto al apacible drama de la familia March.

La misma historia sucedió con “La Edad de la Razón”, de Sartre. ¡Lalique! Es hermoso, es un invertido, es glorioso y su hipocresía solo ensalza su carisma y su inteligencia. Es un miserable, un maldito, pero también es grande; nada encima de la supuesta libertad de Mathieu, se ríe de sus supuestos ideales, se burla de sus supuestas penas. ¡Lalique! Es una persona deplorable, pero mágica también; es cruel, pero hay belleza en su crueldad.

Después de ellos vinieron Marius Pontmercy, de “Los Miserables”; Alban, de “El Magnetizador”, y otros más… Ahora le toca el turno a Heathcliff. ¿Qué diré, pues, de acá a un tiempo? Lo más probable es que lo vuelva a escribir.