Archive for August, 2012

Puntos

Wednesday, August 22nd, 2012

Supongo que hoy podré terminar “Los Hermanos Karamazov”. Hace tiempo, durante el Simposio de Estudiantes de Filosofía, hubo un tipo cuya exposición estuvo relacionada con Kant, el rollo del Estado como Iglesia y el libro mencionado anteriormente. En un inicio me pareció que hablaba en chino japonés de lo más antiguo, pero luego fui comprendiendo poco a poco lo que quería decir, y quedé maravillada. Me encantó la analogía que hizo entre el Gran Inquisidor y el Gran Canciller, a la vez que leía extractos de la novela de Dostoievski; no obstante, lo que verdaderamente me cautivó fue la aparente suavidad e impersonalidad con la que se desarrollaba la comparación, para pasar luego a un ataque frontal (y no por eso menos exquisito) hacia Cipriani. Cosa curiosa, ¡ni siquiera se dignó a mencionarlo!

Ese día también estuvieron los del colectivo Ánima Lisa. Mayra y yo entramos en éxtasis cuando desarrollaron su ponencia, titulada “Lenguaje y Materia: la opacidad de la palabra en Artaud y Mallarmé”. Salí aturdida del evento, sentía que me había fumado el universo y no podía parar de temblar. Recuerdo que fuimos hasta la Facultad de Sociales, no sé para qué demonios, y por allí estaban Harold y Franco, tal vez nos cruzamos con el chico Gabriel. Cuando tomé el bus para irme a mi casa, eran más o menos las ocho de la noche y el frío me congelaba las manos. Me sentía dichosa, feliz, como si se me inflamaran las articulaciones y se dibujara una línea que me instaba a seguirla. Pensé “por estas cosas quiero estudiar Filo”. Unos meses atrás, sentí algo parecido cuando lo vi: me despedí, salí casi corriendo y apenas alcancé el Cocharcas, me puse a llorar y sin siquiera saber por qué demonios lo hacía. (Nota mental: en mi ipod sonaba “Bricks and mortar” de Editors. Nunca he vuelvo a estar tan feliz)

Ahora, mientras escribo esto, pienso mucho en lo que viví y lo que estoy viviendo. Quisiera ir al simposio de este año, pero probablemente me llenaría de nostalgia. Pienso regresar a la universidad el próximo año, si sobrevivo al megaterremoto y al 2012 findelmundo-todosvamosamorir. Me preocupan muchas cosas, empezando por la salud de mi madre y de mi tía… Si algo les pasara, yo tendría que vérmelas por mí misma… ¿Quién sabe? Tal vez eso es lo que me hace falta: esforzarme y aprender a valorar el sacrificio, asumir mis responsabilidades y madurar. ¿Terminaré la universidad? Quiero hacerlo, pero ¿se darán las condiciones necesarias? ¿Me apoyará mi familia? ¿Seré inconstante de nuevo? ¿Por qué siento tanta culpa? A veces simplemente quisiera dormir y no despertar.

Estoy leyendo más que lo usual (siete libros en tres semanas). Cuando leo, llega un momento en que dejo de estar consciente de que soy yo, y siento como si mis ojos pasaran a moverse por sí mismos. Necesito aprender a concentrarme, pero no solo en las cosas que me interesan o me gustan (he allí un gran defecto mío). Necesito dominar mis impulsos, mis rabietas, mis juicios apresurados y esa tendencia a ofenderme e indignarme con facilidad. Cuando leo, me libero de dudas y culpas, me elevo y penetro en la cabeza de seres que esperan ser leídos: por unos instantes, estoy fuera de sitio y el mundo no se atreve a reclamarme.

La culpa, la culpa, la culpa me asesina, fundada e infundadamente. ¿Cómo puedo perdonar, cuando soy yo la que ha de ser perdonada? ¿Cómo puedo olvidar esas horribles palabras, cuando yo llegué a pronunciar otras diez veces peores? Las personas  (yo incluida) admiran a los ídolos que resplandecen en elevados pedestales, los hacen dignos de sus elogios y su confianza, les abren sus corazones y les confían su alma. No obstante, si a algún desdichado se le ocurre saltar los obstáculos y situarse al lado de su ídolo, ¿ha de sentir la mortalidad del homenajeado, envuelta bajo capas de bronce y acero? ¿Ha de contemplarlo con los mismos ojos ahora que escucha los palpitares lejanos de su humanidad? Ignoro cómo se conduciría una persona completamente noble y bondadosa, pues yo solo he conocido seres humanos, divinos en su imperfección y débiles en su soberbia. Como oí alguna vez, aquel que contemple cara a cara al ídolo, se liberará de su hechizo y querrá ser ídolo también. 

Dicen que el orgullo es el peor de los miedos, pues no oye razones ni se aplaca ante el arrepentimiento. El orgullo se alimenta de ofensas pasadas, las revive y se dispone a atacar antes que permitirse ser humillado. Yo ya no poseo orgullo en relación a lo sucedido, solo tristeza y decepción: ha terminado por no importarme más que para recordarme lo venenosa, intransigente e inflexible que puedo llegar a ser. No me acobardaré ante el mal que hice ni del que, tal vez sin querer, fui víctima: la culpa fue mía. He reflexionado mucho, pero la bondad y tolerancia de personas que se han comportado de manera intachable conmigo me fuerzan a no desentenderme más de los hechos y asumir las consecuencias de una buena vez.

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El soliloquio de Cassandra

Wednesday, August 22nd, 2012
“No estoy loca. Ahora cualquier infeliz cree que llamarse a sí mismo “loco” implica emparen-tarse de algún modo con la prima lejana de la locura, la genialidad. Enmascaran sus experiencias más vulgares con aires de voluntariosa liberalidad, confunden las bravuconadas con valentía e hiperbolizan tanto sus sentimien-tos que terminan convirtiendo sus vidas en una parodia moldeada a semejanza del imaginario colectivo. En una sociedad que ensalza la adaptación y sumisión, limitándose a aceptar las divergencias solo si estas son sintetizadas hasta casi anularse a sí mismas, ¿cuál es el rol que desempeña quien se opone a la ambigüedad y a las generalidades corteses, eufemismos y argumentos racionales imbatibles que apelan a una objetividad casi inhumana? ¿Qué mérito tiene creerse un loco amigable que vaga en toda la magnitud de su mediocridad y que durante un segundo se convence de guardar, dormido en su interior, el espíritu del idealista que busca la trascendencia oculta en los sucesos más insignificantes? La locura es dolorosa y poco poética. La locura nos parece, a nosotros los cuerdos, exótica y bohemia porque no la vivimos en carne propia sino a través de las manifestaciones caleidoscópicas de un puñado de exiliados del mundo. La locura que ensalzan los críticos y soñadores es apenas un vapor en donde el más mezquino de los hombres observa su propio reflejo y se convence de que también puede hacer de su vida una obra de arte. La locura no es un crepúsculo en el que el hombre respira su soledad y se hace uno con la naturaleza, no es una ráfaga premonitoria que se le presenta al iluminado después de las crisis, ni mucho menos la contemplación de la luz prometida a las víctimas del martirio. El rostro de la locura no es tenebroso e imponente, sino repugnante y enfermizo; sus manifestaciones, más que terribles y destructivas, son patéticas y degenerativas; quien se atreve a contemplarla a los ojos abandona el horror a la máscara por el asco a las pústulas, y hasta el más piadoso termina lleno de remordimientos e indiferencia.
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Sepan todos que no estoy loca, pues me sobra cordura suficiente para echarles en cara la conveniente postura que adoptan aquellos que tanto empeño tienen en utilizar en sí mismos un adjetivo al que despojan de todo tipo de connotación retorcida o peligrosa, ¡para luego pasar a utilizarlo con desprecio sobre los demás! Están dispuestos a confesar un poco de su “locura” (entendida como una serie de comportamientos erráticos, engreídos y groseros al que atribuyen un origen inexplicable, mediante el cual se excusan) pero condenan abiertamente el clamor efusivo y apasionado de los que verdaderamente creen, tachándolo de discurso extremista e irracional. La locura, considerada antaño un castigo de los dioses, se presenta ahora como la burla de los hombres”

El honor, la venganza y las mujeres

Saturday, August 18th, 2012

Llegué a la mitad de “Rojo y Negro”, el cual empecé a leer apenas hube terminado con “El Hombre Ilustrado” y “Fahrenheit 451”. Aún no acabo con el primero, pero siento que los libros de Stendhal son la muerte de los de Bradbury, y viceversa. ¿Me equivoco o voy muy aprisa al considerar al joven veinteañero, culto y hermoso pero pobre, ambicioso, inocente en un inicio y perverso después, como el arquetipo del (¿anti?) héroe francés del siglo XIX? Flaubert, Balzac, Dumas, relatan las peripecias de un protagonista que empieza a florecer y abrirse al mundo, un joven cuya ignorancia en intrigas, cortejos y astucias lo convierten en blanco de constantes desengaños y sufrimientos. No obstante, de aquella candidez, comparable a un velo diáfano que le cubre los ojos y que va cayendo conforme avanza la trama, no queda nada luego de que yace con una mujer.

Esta mujer, a mi parecer, poco tiene de la cándida e insulsa virgen medieval o de la inaccesible musa de los poetas del renacimiento. Si los juglares se deleitaban alabando la palidez de una u otra princesa o doncella que correspondía con casto fervor al amor de un valeroso caballero a quien probablemente solo había visto un par de veces en toda su vida, ¿cómo se explica que, súbitamente, ambos prefieran la muerte antes que separarse o comprometerse con alguien más? Los humanistas y renacentistas que alegaban haber superado la rigidez estructural de los arquetipos (la virgen, el santo, el guerrero contra la prostituta, el pecador y el campesino carente de gloria) probablemente solo se encargaron de resaltar más su humanidad, centrándose ya no en la virtud celestial sino en la colorida belleza de lo sensible. Así, las rubias y lánguidas doncellas que desempeñaban poco más que un papel pasivo, a merced de la valentía de sus caballeros, se vieron sustituidas por las contorneadas y sonrojadas damas de alcurnia, mujeres de mundo cuyos diálogos ocupaban un par de líneas más que las anteriores, pero que al final terminaban sirviendo fielmente los intereses del marido (en caso de que fueran virtuosas) o sucumbiendo a los placeres (las más libertinas).

Sospecho que las damas del renacimiento que gozaron de mayor libertad fueron aquellas que contaban con una fortuna significativa e independencia económica. De las mujeres del llamado vulgo (al igual que en las historias medievales) poco se dice, a menos que fueran excepcionalmente hermosas o infames. Las francesas del XIX son, a mi parecer, la excepción de las renacentistas convertida en regla: mujeres agraciadas, no necesariamente nobles pero sí adineradas, aparentemente autónomas y autosuficientes, pero en cuyo regazo habita una maraña de emociones que, al ser despertadas, se encargan de enloquecerlas y convertirlas en criaturas histéricas dominadas por la pasión. En pocas palabras: maniquíes encorsetados en cuyo interior late el corazón de una niña.

Rastignac, Sorel, Dupuis y en alguna medida Duval son como diamantes en bruto que van siendo pulidos por las gráciles y conocedoras manos de sus mujeres, conmovidas por la inocencia y el candor de los jóvenes cuya ilusión aún no les ha arrebatado el mundo. Ellas (más experimentadas, conocedoras de los artilugios propios del medio burgués o aristocrático, casadas con hombres que buscan esconder una naturaleza mezquina e insensible bajo capas de opulencia) quedan maravilladas ante la torpeza infantil y franca de los muchachos, sin caer en cuenta de que están confundiendo inexperiencia con sinceridad e inmadurez con el recuerdo perdido de su propia juventud. ¿Se enamoran acaso de una visión idealizada del amor adolescente que les fue arrancado antes de florecer, subordinándose a la confortable monotonía de un matrimonio convenido?

Mientras que Rastignac y Sorel son caracterizados como una suerte de andróginos (cutis sonrosado e infantil, facciones delicadas e incluso la peculiaridad de haber sido tomados por chiquillas en alguna ocasión), Duval y Dupuis (una vez que regresa de su viaje) presentan una imagen más varonil. Lo que sin duda tienen en común estos personajes es el deseo de ascender en la escala social, razón por la que se convencen del deber que representa proteger su reputación. El temor que les origina su procedencia y el desdén de los ricos los vuelve hipersensibles, resentidos y extremadamente orgullosos: se sienten víctimas de maltratos, desplantes y desprecio camuflado bajo finas palabras. Toman al honor por estandarte y lo ondean para que nadie toque las fibras sensibles de su vergüenza e impotencia, campo en donde su sienten que son poco o menos que hombres, indignos de anhelar la vida y placeres de los ricos.

Así se muere

Thursday, August 9th, 2012

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#1 – Wilde

Thursday, August 9th, 2012

En cuanto al otro tema, la relación de la vida artística con la conducta, sin duda te parecerá extraño que lo elija. La gente apunta a la prisión de Reading y dice: «Ahí es a donde conduce la vida artística». Pues podría conducir a sitios peores. Las personas más mecánicas, para quienes la vida es una especulación astuta dependiente de un cuidadoso cálculo de medios y recursos, saben siempre a dónde van, y van. Parten del deseo de ser el sacristán de la parroquia, y, cualquiera que sea la esfera en que estén situados, consiguen ser el sacristán de la parroquia y nada más. Un hombre cuyo deseo sea ser algo aparte de sí mismo, ser Miembro del Parlamento, o tendero próspero, o abogado eminente, o juez, o cualquier bobada semejante, de todas consigue ser lo que quiere ser. Ése es su castigo. El que quiera una máscara tiene que llevarla.

Pero con las fuerzas dinámicas de la vida, y aquellos en quienes esas fuerzas dinámicas se encarnan, no sucede lo mismo. Las personas cuyo deseo es únicamente la autorrealización no saben nunca a dónde van. No lo pueden saber. En un sentido de la palabra es necesario, por supuesto, como decía el oráculo griego, conocerse a uno mismo. Ese es el primer logro del conocimiento. Pero reconocer que el alma de un hombre es incognoscible es el logro último de la Sabiduría. El misterio final es uno mismo. Cuando se ha pesado el sol en una balanza, y medido los pasos de la luna, y trazado el mapa de los siete cielos estrella por estrella, aún queda uno mismo. ¿Quién puede calcular la órbita de su propia alma? Cuando el hijo de Kis salió a buscar los asnos de su padre, no sabía que un hombre de Dios le estaba esperando con el mismísimo óleo de la co-ronación, y que su propia alma era ya el Alma de un Rey

[…]

Quizá entre en mi arte también, no menos que en mi vida, una nota aún más profunda, de mayor unidad de pasión y rectitud de impulso. No la amplitud, sino la intensidad, es el verdadero objetivo del Arte moderno. Lo que nos interesa en el Arte ya no es el tipo. Es la excepción lo que tenemos que tratar. Yo no puedo poner mis sufrimientos en la forma que hayan tomado, ni que decir tiene. El Arte no empieza sino allí donde la Imitación termina. Pero algo tiene que entrar en mi obra, de una armonía de las palabras más completa quizá, de cadencias más ricas, de efectos de color más curiosos, de orden arquitectónico más simple, de alguna cualidad estética, en fin.

[…]

El hecho es que eras, y supongo que lo seguirás siendo, el sentimentalista típico. Por que sentimentalista es sencillamente el que quiere darse el lujo de una emoción sin pagarla. La intención de respetar el bolsillo de tu madre era hermosa. La de hacerlo a costa mía era fea. Tú crees que se pueden tener emociones gratis. No se puede. Hasta las emociones más nobles y más abnegadas hay que pagarlas. Cosa extraña, por eso son nobles. La vida intelectual y emocional de la gente vulgar es una cosa muy despreciable. Así como toman prestadas las ideas de una especie de biblioteca circulante del pensamiento -el Zeitgeist de una época que no tiene alma- y las devuelven manchadas al final de la semana, así intentan siempre obtener las emociones a crédito, y se niegan a pagar la factura cuando llega. Tú deberías salir de esa concepción de la vida. En cuanto tengas que pagar por una emoción sabrás su calidad, y habrás ganado con ese conocimiento. Y recuerda que el sentimentalista siempre es un cínico en el fondo. La realidad es que el sentimentalismo no es sino un cinismo en vacaciones. Y por muy delicioso que sea el cinismo desde su lado intelectual, ahora que ha cambiado el Tonel por el Club, nunca podrá ser más que la filosofía perfecta para el hombre que no tenga alma. Tiene su valor social, y para un artista todos los modos de expresión son interesantes, pero en sí mismo es poca cosa, porque al cínico auténtico nada se le revela.

Nomos

Tuesday, August 7th, 2012

Florecen tus raíces en tierra húmeda
introspectivas, silenciosas
Nadie
y los coágulos que son péndulos
oscilan oscilan como un espectro retorcido

Como buenas y desviadas entrañas

¿Y si las formas fueran
una perversión del sueño de las ideas?

Si fueran o hubieran sido más de lo que se nombra
que nombra a su vez y nunca, nunca
permite ser nombrado

Como la flor de óxido que se desmiembra entre las piernas

No

¿Cómo fue el tiempo de las monosílabas?
La tierra germina
y devora a sus hijos sin nombre